[ Carta de un Padre
]
TDAH: LA DIFÍCIL PERO NO IMPOSIBLE INCLUSIÓN EN LAS ESCUELAS

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El déficit estuvo presente en la vida de mi hijo Rodrigo desde su nacimiento: nació con cinco semanas de anticipación, bajo peso y quince días en terapia intensiva neonatal con respirador de asistencia mecánica.

Mi recuerdo  del “jardín de infantes, es, que las maestras decían que Rodrigo no podía quedarse quieto, pero que trabajaba bien, por lo que no hubo mayores inconvenientes. Al comenzar primer grado, su hiperactividad  e impulsividad aumentaron, pero se lo asociaba a una cuestión emocional por mi divorcio con su padre.

A lo largo de estos años, todos los días en su cuaderno de comunicaciones  recibía notas informando que se había portado mal, que no respetaba normas y que no terminaba sus tareas”. A pesar del sufrimiento mío  y del niño, los profesionales a los que acudíamos, uno tras otro decían, que la mala conducta de Rodrigo se trataba de una falta de límites o un problema emocional siempre relacionado con el divorcio de los padres. Así mi hijo llegó a  noveno año sin repetir, pero el problema comenzó en séptimo grado, cuando las tareas se complicaron y debió adquirir más responsabilidad.

Las quejas acerca de su rendimiento se intensificaron. Esto generó gran presión sobre el niño y también para mí como responsable de él.

La terapeuta que lo trataba en ese momento sugirió que se le realicen las pruebas neuropsicológicas y lo derivó a la Fundación TDAH, donde nos conectaron con profesionales idóneos que le diagnosticaron el trastorno. De ahí lo derivaron al psiquiatra, quien actualmente lo atiende. El diagnóstico de Rodrigo es TDAH de típología combinada con comorbilidad oposicionista desafiante.

“Como mamá fue difícil, no tanto aceptar la problemática, sino el hecho que debiera ser  medicado, debido a los prejuicios que existen en torno a este tipo de medicación que la hacen ver como dudosa e insegura. Aún siendo docente, (soy Profesora en Ciencias de la Educación) desconocía el TDAH. “Es a partir de esta situación que comienzo a investigar sobre el trastorno, asistiendo a cuanto curso, clases o conferencias se presentaran, a leer cuanta literatura me fuera aconsejada por profesionales conocedores del trastorno, porque el conocimiento sería la mejor forma de poder ayudarlo y además me ocupo de difundirlo y abogar por mi hijo y por todos los chicos que padezcan TDAH, diagnosticados o no”

Rodrigo ya estaba en tratamiento y el peregrinar no había terminado: pasa por siete escuelas (privadas, estatales, Capital y Pcia.) cuando iba a inscribirlo, siempre me atendía un directivo. Yo exponía el problema, me atendían muy bien, diciendo que lo aceptaban porque para ellos era un desafío, hasta que empezaba a “molestar”. Solo la Directora de la EGB Nº 17 de Ramos Mejía, la Sra. Isabel Nicolia, hizo aplicar todo lo que los profesionales habían sugerido. En todas las otras anteriores escuelas había sido expulsado implícitamente por su problema.”

Frente a este panorama, no es difícil de imaginar como quedó destruida la autoestima de mi hijo y la autoestima familiar, “nadie tiene la culpa de padecer este trastorno. No es que el niño o adolescente sea un mal educado, sino que es un trastorno poco comprendido. Sus conductas quedan ligadas a emociones que aparecen como inapropiadas y desajustadas. De la conducta que un adulto adopte con ellos dependerán las posibilidades que estos chicos tengan en la vida para desarrollar sus potencialidades, y aun ante la adversidad del trastorno, llegar a ser personas felices, con capacidad de amar, trabajar, y disfrutar.

Graciela Crenci

 

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